Las flores, estas flores de la ESMA, tienen cierta erótica. La erótica de la vida que se impone, podría pensarse. Pero la vida no se impone. La muerte se impone, la muerte, en la ESMA y en todos los centros clandestinos de detención que hubo en Argentina, en todos los huecos inmundos donde se destruye a las personas en todo el mundo ahora mismo, la muerte es decidida por otros y se impone. La vida, el eros, hace un camino distinto.

Algo sucede, y es íntimo y es colectivo, pero también es inesperado y de algún modo azaroso; en vez de morir se vive.

No porque se vaya a sobrevivir. La mayoría de las personas que fueron detenidas y encerradas en esos sitios del horror que hoy se llaman Sitios de Memoria, murieron ahí adentro. Pero mientras estuvieron ahí adentro algunos vivieron y otros murieron.

No hay ninguna categoría ética ni moral que ponga sobre esas posibilidades ningún juicio posible. Simplemente sucedió así.

Y hubo un montón de mujeres que hicieron todo lo que pudieron para sobrevivir hasta parir a sus hijos. Para tenerlos un momento en brazos.  Para lanzarlos a la vida y al futuro. Desde afuera de los muros, otras tantas mujeres y otros tantos hombres, se obligaron a sobrevivir para encontrarlos. Para no dejar a sus hijos, a sus hijas, a sus amigos y amigas, solos en la muerte. Para buscar y buscar, a ellos, a alguna reparación posible en la escucha de los que no supieron, no quisieron saber mientras sucedía, para hacer alguna clase de justicia que el tiempo no hace más que convertirla en un mínimo desagravio, y para encontrar a esos bebés, a esos hombres y mujeres, esas cápsulas del futuro, no enterradas, sino lanzadas por sus madres hacia afuera, hacia la vida, cualquier vida posible, lejos de la muerte y su infinitas formas horribles.

Las flores de Gabriel son flores hermosas que han sufrido algún mal. El mal del tiempo, la arruga del demasiado sol, el retorcimiento de haber crecido desde la hendija de un ladrillo, el esfuerzo tenaz por destacarse entre la maleza, entre el yuyo. Son bellas no a pesar del mal que las aqueja, son bellas porque el mal ha pasado por ellas. No es justo decir que no han sido vencidas por el mal. Tal vez sea mejor decir que han sido fatalmente derrotadas y que desde esa derrota viven y proclaman el perturbador erotismo de lo ajado, de lo viejo, de lo redivivo, de la luz pequeña pero terca de la vida.

Hay una flor que me conmueve en particular. Es una flor roja que nos da la espalda. Con su pistilo rugoso parece buscar una imperfección en la pared, o en lo que yo me figuro que es una pared. No se muestra o al menos no está en posición de mirar al público. Es una flor callada, hermosa para sí misma, una flor que hay que tener paciencia para buscarle la mirada. Una flor que invita a ser buscada, a ser mirada sin ser vistos, a que nos intuya a sus espaldas. Una flor que pide respeto y que pide insistencia. Cada cual tendrá la suya y cada cual encontrará su conmoción donde pueda. Yo he llorado largamente frente a esa flor rogando que las lágrimas la humectaran, humectaran la tierra donde tiene sus raíces  o las tuvo, porque tal vez ya sea sólo el eco de una flor muerta, rogando como ruegan los que no creen en nada salvo en la potencia del ruego, que se diera vuelta y me mirara y supiera: no hay todo el tiempo del mundo, pero hay el tiempo de mi vida y yo te espero.


Raquel Robles

Buenos Aires, 2016